 ¿Cuándo empieza el despilfarro y dónde acaba el placer? 30 de octubre de 2007 a las 13:28
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A mí me gusta despertarme por las mañanas bajo una cascada de agua. La lluvia me baña todos los poros de la piel y disfruto cuando los hilos húmedos caracolean nuca abajo, por la espina dorsal, hasta dibujar un reguero tibio alrededor de las canillas. Observo el palimpsesto del vaho sobre los cristales e intento descubrir en sus garabatos el arcano de una buena ducha. Me desperezo jubiloso con la luz del nuevo día en un territorio amplio, alto y profundo como la selva del Amazonas o los jardines acuáticos de Japón. Y me digo a mí mismo: ésta es la verdadera salus per aquam.
Pero, ¡vaya por Dios!, todo es poner un pie en la calle y ya tengo a los agoreros encima culpándome del cambio climático y de las pestes bíblicas ante semejante derroche de agua. Que si los acuíferos se agotan… Que si los ríos bajan contaminados… Que los glaciares retroceden, los polos se funden y, a este paso, no nos van a quedar chupitos siquiera para el cubata… Los embalses se desecan, los bosques se queman, el desierto avanza… Y yo, oliendo a lavanda fresca.
Qué le voy a hacer si no me levanto tan pesimista por las mañanas. Seguramente gasto mucha agua en mi spa particular o en la habitación del hotel que me toca cada día. Pero compensa, ya lo creo. Antaño no se consumía tanto bocado de planeta como ahora. Claro que una gripe simple podía llevarse a seis millones de personas de golpe hacia el cielo. Y la deficiente higiene de las ciudades causaba estragos en la población, cuya expectativa de vida apenas alcanzaba la edad de Cristo. Así que o defendemos el ecologismo a ultranza o condenamos a millones de seres humanos al subdesarrollo, si es que China nos lo consiente.
Es difícil elucidar cuánto hay de desafuero en el consumo supuestamente desaforado de los recursos. ¿Acaso la vida no es en sí un despilfarro energético? El valor como concepto intelectual reside únicamente en nosotros mismos. Somos, los habitantes de este planeta, quienes atribuimos una categoría a cuanto existe, a lo que vemos, a lo que sentimos. Cargarnos la tierra no es necesariamente negativo para el universo. Es malo para nosotros mismos, que concedemos un valor a las condiciones ambientales del entorno físico en que residimos. Por consiguiente, nuestra idea de placer o de bienestar será determinante en el mantenimiento a corto, medio y largo plazo de los ecosistemas que nos procuran dicho placer y dicho bienestar. El reciclaje se impone como actividad productiva estelar en el siglo XXI. Así, la humanidad entera podrá regalarse cada mañana con una ablución de cine. Otros despilfarros menos útiles para las personas se vislumbran, no obstante, en el horizonte de la sociedad del conocimiento. No consumen energía cinética, sino intelectual. A voluntad. Me refiero a la extraordinaria capacidad que acredita el ser humano de tropezar dos veces en la misma piedra. O de realizar el mismo trabajo dos veces, tres veces y hasta cien veces. Sucede en el seno de cada colectivo territorial, ya sea a escala nacional, regional o municipal. El último alumbramiento ideológico, anunciado esta semana, ha tenido como protagonista el Centro de Investigación Cooperativa en Turismo (CIC-TourGune), que pretende impulsar la innovación en el sector turístico vasco mediante una central de reservas hoteleras para la ciudad de San Sebastián. En cursiva quiero subrayar su ámbito estrictamente geográfico. Y me pregunto cínicamente si esta institución pública se siente tan cómoda con ese gasto como yo cuando me ducho. |
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 Una red de hoteles por amor al arte 18 de octubre de 2007 a las 14:12
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Cenar a la luz de las velas frente un Picasso. Celebrar una reunión de empresa con un mosaico romano de fondo. Dormir frente a un tabique esgrafiado por Grau Garriga. Tomar una copa junto a una escultura de Richard Serra. El poder de seducción del arte es tal que convierte la estancia en el hotel en una experiencia única. Muchos lo consideran un valor esencial del negocio turístico.
El arte en su faceta más visual y táctil -pintura, fotografía, escultura y arquitectura- encuentra en los hoteles un escaparate idóneo para lograr la empatía del espectador. Del otro lado, los huéspedes más sensibles con la expresión artística están dispuestos a pagar una tarifa más elevada para poder contemplar, en la intimidad de una habitación, un grabado de Miró, o una escultura hinduista.
A tal fin son varios los hoteles en la península Ibérica que se han animado a incluir entre sus instalaciones una galería de arte con exposiciones temporales o permanentes. Algunos de ellos fueron objeto de un reportaje especial que publicamos en 2006, titulado Por amor al arte.
Uno de los hoteles más animosos y con mayor sensibilidad en exponer el arte ha sido desde sus inicios el Convento de São Paulo, en Redondo, Portugal. Su propietario, Henrique Leote, ha creado una fundación para la difusión del arte en todas sus facetas, muy cerca del hotel. Y no conforme con esto, ha confiado en mi amiga Amaya Espinoza, pintora de altos vuelos y espadachines canónicos, la organización de exposiciones y una permanente labor de comisaria para su fundación. El resultado de ello es el Espaço Arcana, un programa cultural donde se mueve la danza, la pintura, la escultura, la fotografía y el diseño y cuyas primeras figuras llevan el nombre de Pedro Proença, Mário Arlati y Jorge Pereira. Canela fina, incluida la serie de acrílicos sobre tela y madera que actualmente expone Amaya Espinoza en la Galería Quattro, de Leiría, en Portugal.
Con esas se ha celebrado esta semana en La Ruina Habitada, mi residencia campestre en la montaña palentina, una asamblea de hoteleros interesados en constituir una red de Hoteles del Arte, que es como finalmente se ha acordado denominar tal iniciativa. Un archipiélago libre e independiente en el océano de la hotelería peninsular, nutrido de establecimientos hoteleros que funcionan “por amor al arte” y que ganarán mucho atractivo frente a su clientela mediante el intercambio de obra artística. Un archipiélago de ínsulas Baratarias comunicadas por puentes que mueven sus colecciones particulares, abren contactos con artistas locales, abarcan un público más amplio de degustadores plásticos y entretejen una madeja de ideas según la voluntad y posibilidad de cada hotel unido a la red. De momento se han suscrito a ella el Convento de São Paulo (en Redondo, Portugal), el Convento de San Benito (A Guarda, Pontevedra), el Convento de Mave (Santa María de Mave, Palencia), el Palacio de la Serna (Ballesteros de Calatrava, Ciudad Real) y San Román de Escalante (Escalante, Cantabria).
El horizonte no ofrece límites a la imaginación. Y el mundo si muove, eppur (Galileo dixit). Con esta trama cultural, los hoteles enredados ya tienen a partir de hoy el aliciente que se necesita para remover las conciencias de quienes aprecian la belleza y el pulso de la creación. Que el estro de los mejores pintores, escultores, fotógrafos, arquitectos, músicos, videoartistas y creadores plásticos en general ilumine a los hoteleros más avezados en instalar una galería de arte en su propio establecimiento. Amaya Espinoza ha sido designada curator de esta red de Hoteles del Arte que hoy nace. Se la puede escribir a la dirección: amaya.espinoza@hotelesdelarte.es Ahora sólo falta que hoteleros y artistas lleguen a un entendimiento por amor… al arte. |
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 Por un mundo más limpio 11 de octubre de 2007 a las 11:40
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Enguarramos mucho. La costa mediterránea defeca millones de toneladas de residuos. Sólidos, líquidos... y también gaseosos. De toda clase. Tal vez por una necesidad de alegría vacacional o por que residentes o visitantes no somos ninguno conscientes de que habitamos entre la mierda. Vivimos enmerdés, unos más que otros, sin que nos moleste la defecación urbanística, el feísmo arquitectónico, la lascivia del paisaje, el basurero municipal, el olor a tabaco dentro del coche. Mon dieu, incluso pretenden hacernos creer que la culpa es del cambio climático, de las gasolinas refinadas, del detergente que usan las amas de casa, de los cereales transgénicos cultivados al por mayor para que así salgan más baratos. Ensuciamos mucho y despilfarramos los recursos que la ciencia económica denomina bienes escasos o generadores de valor. No le damos el merecido valor al mundo que nos rodea. Un pito es lo que este planeta nos importa, vaya.
Ello no es ninguna novedad, pero en los hoteles este uso y costumbre se hace de notar más. Leo con interés los estudios medioambientales que me alarman sobre los residuos sólidos, consumo de energía, agua potable y aguas residuales que genera un establecimiento turístico y sus efectos nocivos sobre el medio ambiente. Escucho con atención las alternativas más variopintas que proponen los agitadores sociales, incluso las instituciones públicas, algunas de ellas tan cuestionadas como la letal (?) ecotasa. Toco todo lo que puedo a sabiendas de que tal vez sea el último tango que pueda bailar sobre el pavimento incontaminado de los buenos deseos. Leo, escucho y toco porque, a pesar de lo que todos me quieren hacer creer, ni el suelo se está hundiendo bajo mis pies, ni el planeta toma las de un Villadiego sideral, que yo vea. Ciertamente la capa de ozono se debilita y el hielo se funde en los casquetes, amenaza la estadística fría. Yo, que he estado en ellos, no lo he visto. Pues vale, me lo creo, que nadie me compare con Tomás el Santo. Ciertamente nuestro organismo se desgasta y, si la palmamos, cómo no va a hacer que la palma también nuestro entorno. Pero me preocupa sobre todo lo más cercano, lo evidente para mis propios sentidos.
En casa y de vacaciones, huelo mal cada vez que paso delante de un contenedor de vidrios reciclables y observo con asco cómo hay quien reutiliza la toalla de la habitación para ahorrarle al hotel unos litros de agua. |
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 Un espacio digno para los sentidos 4 de octubre de 2007 a las 00:45
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La arquitectura de los sentidos es incompatible con la legislación turística actual. Intentar traspasar la frontera de lo convencional en el diseño arquitectónico choca con los metros cuadrados asignados por las distintas normativas autonómicas según la categoría de un hotel. Pretender la innovación es una ilusión cuando la ley obliga, por ejemplo, a configurar el espacio habitacional con bañeras del siglo XIX y bidés que los jóvenes urbanos de hoy ni siquiera saben para qué sirven. Convertir un torreón medieval en una suite cuando se exige la introducción de un ascensor en su interior es poco menos que un atentado al sentido común y al patrimonio histórico. Programar un ambiente lumínico cuando Industria aún no tiene homologado artefactos novedosos por retraso burocrático echa atrás a muchos hoteleros y arquitectos avezados. Requerir una licencia clasificatoria para abrir un establecimiento hotelero sin que al gobernante de turno se le haya exigido una licencia profesional para ejercer como gobernante puede parecer de natural contradictorio.
Esta terrible realidad fue discutida durante la celebración de la quinta Jornada de Arquitectura Hotelera celebrada el pasado 24 de septiembre en mi residencia palentina de Porquera de los Infantes, tras el parón veraniego que nos oxigenó a todos las ideas y el músculo asociativo. Como ya sabe el lector, desde el mes de marzo venimos celebrando una entretenida tertulia mensual este servidor y una selecta representación de establecimientos hoteleros procedentes de toda España con el objetivo de anticipar tendencias y analizar los deseos de los viajeros durante los próximos diez años y su influencia sobre el diseño de hoteles.
En esta ocasión, la excelente ocupación hotelera del mes de septiembre impidió la asistencia de algunos invitados que prefirieron posponer su viaje a la siguiente jornada del mes de octubre. Desde el Pirineo aragonés arribaron Fidel Tejero, propietario del hotel Villa de Sallent, y Mariano Martín de Cáceres, del hotel Almud, en Sallent de Gállego. Del primero hay que reconocer el mérito de un hombre que surgió de la nada y, con ayuda de su familia, ha conseguido uno de los mejores establecimientos de montaña que hoy existen en España. Su capacidad de trabajo es tan grande que a mí me recuerda mucho a los grandes nombres de la hotelería clásica en Europa. Tanto que, en mi opinión, los jóvenes deberían hacer cola para entrar en su hotel y ejercer de aprendices el duro oficio de la hospitalidad. Del segundo quiero destacar su amistad, capaz de recordar y ser recordado, así como de ayudar a todo el colectivo de habitantes del valle de Tena a que su nombre suene en todas partes. Es uno de los mejores promotores que ha tenido la estación invernal de Formigal, y algún día sus ideas serán reconocidas por todos los aragoneses. También desde el norte, pero de la Galicia enxebre, llegó Ana Barros, la joven subdirectora del Pazo Libunca, con responsabilidad directa en la captación de bodas y banquetes para la buena salud financiera de este emprendimiento ferrolano. Rosser Gruart Vila, propietaria del Alameda Palace, ha acometido la difícil transformación de un hostal clásico en un hotelito con mimbres familiares en la plaza Mayor de Cáceres. Su aportación al debate estuvo llena de curiosidad y entrega personal, como tienen muy observado quienes la visitan en su casa. Se hizo acompañar en esta ocasión por María Eugenia Flores, dueña de la empresa Ruralplan, cuya visión del turismo de interior resultó de gran interés para calibrar el futuro de este movimiento turístico cada día mejor anclado en la región extremeña. De esta tierra es también la interiorista Chelo Alcañiz y su empresa DyD Integral, que diseña algunos hoteles en estos momentos y a partir de ahora bajo uan nueva óptica, según me ha confesado, desde su visita a La Ruina Habitada. Seguiremos su carrera con interés por comprobar hasta qué punto ha habido una catarsis de los sentidos en sus próximos trabajos. Y de Jesús Rodríguez Romo qué puedo decir. No vino de muy lejos, pues hasta hace unos meses ha sido el director general de Turismo de Castilla y León, con sede en Valladolid. Su presencia centró gran parte del debate legislativo y, desde luego, su amplia visión de la hotelería de interior añadió interesantes reflexiones a la jornada.
Una de sus intervenciones más polémicas fue aquella en la que propuso una reescritura del actual sistema de clasificación hotelera para que recogiera lo intangible del servicio en lugar del tangible de las instalaciones. La atención, las formas del personal, el agrado de los huéspedes, la atmósfera del lugar… ¿Cómo medir todo esto?, se preguntaron los intervinientes. Es inevitable la subjetividad, el escrutinio parcial de la auditoría, la casualidad y la estacionalidad del negocio. Por tanto, algo de confusión se añadiría a la actual nebulosa de las estrellas. Y una norma que no se cumple acaba siendo una norma sin validez, esto lo sabe cualquier estudiante de Derecho.
La contradicción legislativa es pretender la singularidad del negocio hotelero y, por detrás, normalizar los procesos en sus instalaciones y servicios. Ya se ha dicho otra vez que el enemigo de la Arquitectura de los Sentidos es la normativa, por su naturaleza intervencionista, por su dependencia dispersa de cada comunidad autónoma y difícilmente aplicable con exactitud en la mayoría de las ocasiones, lo que obliga a muchos directores generales a aplicar una dispensa administrativa que invalida la propia validez de la ley. Si el objetivo de la Administración turística es fomentar una oferta hotelera competitiva por su singularidad toda homologación parece una antítesis de tal propósito. Una vez más, la timidez del sector hotelero en pedir la derogación de la normativa turística paraliza muchos proyectos interesantes de Arquitectura de los Sentidos. Como hoteleros conservadores, subrayó Fidel Tejero, hay que confiar en los líderes de opinión para que se produzca el cambio.
Por su implicación en el diseño del espacio interior, la decoradora Chelo Alcañiz se preguntó qué elementos servían para definir la Arquitectura de los Sentidos. ¿Acaso un proyecto arquitectónico no es en sí mismo un envite sensorial? Los asistentes pudieron analizar en la visita previa a La Ruina Habitada algunos conceptos subvertidores de la tradición arquitectónica en la hotelería común cuya utilización supondrían un paso más en el goce sensual del espacio en caso de ser aplicado en el ámbito hotelero. El volumen de la estancia, arraigado en las construcciones industriales; y no sólo en ellas, también se ha visto durante siglos en las mansiones señoriales de techos altos y salones para recibir visitas. La distribución de los espacios en función de las necesidades personales, no de las convenciones sociales o urbanísticas. La utilización de materiales baratos en síntesis con el conocimiento tecnológico que se tiene de ellos, lo que facilita su inserción provechosa en el proyecto. La recreación de un paisaje interior como condición artística, vista la degradación paisajística sufrida en los últimos años en nuestro país. El tratamiento arquitectónico de la luz con una secuenciación de escenas que crean ambientes ad hoc para estimular los sentidos. En fin, la consideración del baño como un espacio lúdico y no sólo higiénico.
Y fuera del ámbito privado que es La Ruina Habitada, ¿es posible la aplicación de todas estas referencias arquitectónicas en el negocio turístico?, se preguntaron algunos. Claro, los hoteleros deben aceptar los cambios, argumentó la interiorista Alcañiz. Los hoteleros tienen que estar abiertos a las propuestas de los arquitectos y los interioristas. Parte de los asistentes recurrieron, de nuevo en estas tertulias, al modelo Les Cols, cuyos propietarios sí permanecieron atentos a tales cambios habitacionales y se dejaron convencer por el estudio arquitectónico RCR (Aranda, Pigem, Vilalta), estos días volcado en un proyecto de largo alcance en Dubai. En Les Cols, la transparencia del vidrio crea un paisaje interior de mucha fuerza, casi tanta como la que evidencian los patios abiertos a su largo, inspirados en los antiguos huertos de Olot, ahora idealizados en un puré de lava solidificada evocador de los volcanes que rodean esta localidad gerundense.
Este tipo de arquitectura, subrayó Jesús Castillo, contribuye a enriquecer el talante de los que habitan alrededor de ella. A pesar de su exclusividad, o quizá por ello, supone un motor de cambio de las personas, las industrias y las costumbres de toda una comarca. Está sucediendo en Olot y también en el norte de Palencia. La evidencia de que algo puede ser distinto, sin perder su belleza y su mecha de asombro, obliga a que muchas personas se adhieran a la causa de estos proyectos, quieran lo mismo para sí y para sus vecinos, que son quienes conforman el paisaje.
Rosser Gruart y María Eugenia Flores coincidieron en señalar la dificultad para poner en marcha estos proyectos en una región como Extremadura, donde resulta difícil encontrar arquitectos de vanguardia y, más aún, gremios que ejecuten las obras conforme al guión a veces improvisado de la innovación. Martín de Cáceres abundó en las dificultades de encontrar un personal de servicio capacitado para dar respuesta a las necesidades de esta Arquitectura de los Sentidos. El tema, redundante en cualquier conversación de hotelero, no parece tener salida. O, al menos, una salida fácil. El sector hotelero clama por la mejora de la capacitación profesional, por la multiplicación de las escuelas de hostelería y, pero aún, por la intervención de las Administraciones públicas en la resolución del problema. Vana esperanza, quizá. Todos coincidieron en que la tarea imposible no era mejorar el estilo del servicio, sino encontrar a los trabajadores que quieran dedicarse a esta profesión. Nadie acepta ya vivir con el estigma de ser camarero, ni siquiera por dinero. Nadie, pues lo que ha originado este vacío laboral no es otra cosa que la pérdida de dignidad de esta profesión. Sin que a un camarero se le reconozcan los méritos en el desempeño de su trabajo, como se hace hoy con el cocinero, difícilmente habrá alguien que sacrifique sus fines de semana por servir a los demás. Las enfermeras, los bomberos, el personal de guardia en las centrales eléctricas…, todos ellos hacen turno los sábados y domingos y no por eso se les ha considerado los parias del mundo laboral. Mantienen la cabeza bien alta cuando trabajan, a diferencia del desprecio que han sufrido en estos últimos años el personal subalterno de restaurantes, cafeterías y hoteles. El daño ya está hecho. Pero, ¿cómo se restituye la dignidad? Sin duda, la Arquitectura de los Sentidos y su condición vanguardista pueden ayudar mucho a elevar el prestigio laboral de quienes se desenvuelven en este medio.
Antiguamente, los hoteles configuraban en la entrada un gran espacio de bienvenida: era el lobby, eje sobre el que pivotada el resto de las instalaciones. Ahora éste es un espacio de conducción, una línea protocolaria por el que se dirige a los huéspedes hacia sus habitaciones. Y el mostrador de recepción se ha convertido en todos los hoteles en una segunda barra, después incluso que la del bar, apostilló Jesús Rodríguez Romo. El puesto de recepcionista es hoy un puesto de funcionario. Por tanto, el lobby ha dejado de ser ese lugar de encuentro, de confluencia, que fue durante la época clásica de la hotelería en Europa. La recepción sirve para conducir al visitante de la puerta del hotel hasta el ascensor, previo trámite burocrático de inscripción en el libro de registros..., que se podía sustituir con una toma de datos en línea, a la hora de hacer la reserva, ideó en consecuencia Fidel Tejero. Esto ha ocurrido también con el portal de la vivienda, que ha descendido de categoría y se ha transformado en un pasillo más del edificio residencial, puntualizó Castillo Oli.
La recuperación de esta cualidad y la puesta en valor del recepcionista como profesional de la bienvenida requiere, como condición previa, la articulación de un espacio donde se reinterprete la liturgia de la bienvenida. Es lo que propone a diario la dueña de los pabellones de Les Cols, Judit Planella, en una secuencia tan anímica como artística que eleva la categoría de la recepción hasta la exaltación de la dignidad. Lo explicó como conclusión general el arquitecto Jesús Castillo Oli: Les Cols no es un hotel; la liturgia de la bienvenida es lo que lo hace hotel. La liturgia de los sentidos. En Japón todo el mundo se detiene en la calle mientras las hojas de otoño caen de los arces en un espectáculo cromático de ligereza y serena armonía. ¿Acaso el tiempo se congela ante el valor de las hojas rojas? No, allí lo verdaderamente valioso es el goce que durante escasos minutos proporciona a los sentidos este melancólico espectáculo de la naturaleza. |
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