Calle Pareteta 6 43760 El Morell /Tarragona (Cataluña|España)
Curiosa historia la de esta fonda del nuevo milenio. María Saludes, la dueña de la última casita de El Morell, observó allá por el año 1913 el potencial comercial de este cruce de caminos entre Reus, Tarragona y Valls, y con la ayuda de su marido Isidro Palau, decidió recubrirlo de grava para atraer a mercaderes, arrieros y demás payesía de carromato y diligencia. Lo que se dice una emprendedora de su tiempo. Y décadas más tarde, cuatro generaciones para ser más exactos, la humilde casa pairal se ha transformado en un alojamiento domótico y de preciosista sentido rural. Pero sin perder cuenta de su esencia primigenia, la que le lleva a ser todo un hotel gastronómico. Revolución culinaria, la llamaron. Y no es para menos si se atiende al apego reverencial de toda una familia a la cocina y la huerta local durante casi cien años. Granizados de boniato, coca de chipirones y calçots, rape con pies crujientes... exquisiteces de la nueva cocina catalana (no tan nueva, ya) procesados por Gerson Ribal, uno de los últimos próceres de la restauración. Para competir con unos fogones espléndidos, las habitaciones no han tenido más que seguir con el homenaje fondista.
La primera planta es La estancia, donde vivían los propietarios de la casa solariega; la segunda planta es La fonda, donde pernoctaban los huéspedes; la tercera planta corresponde a Las golfas, donde se almacenaban y secaban los frutos. Y en cada nivel, las estancias también se bautizan con los apelativos correspondientes: L’habitació de l’amo, El comerciant, Les avellanes... La familia Ribal, entre el pasado y la vanguardia.
dobles: 6, dobles especiales: 6;
todas con
calefacción, aire acondicionado, camas kingsize, acceso a internet, TV satelite, mesa de trabajo, caja fuerte, minibar de pago, habitaciones no fumadores, secador de pelo
piscina exterior, salas de convenciones con capacidad para 20personas
bar cafetería, restaurante
algunas habitaciones adaptadas para discapacitados
Nunca.
Noemí Ribal
Así como las habitaciones, las plantas de la casa pairal ocupada por La Grava poseen un nombre: En Les Golfes se encuentran las habitaciones de los tomates y avellanas; en L’Estança vive la cuarta generación de propietarios; y, por último, la Fonda, donde dormían el Arriero, el Trufaire o el Comerciante, los primeros huéspedes del establecimiento, a principios del siglo XX.
Nuestra intención era pasar un par de días de descanso y comer bien. La primera pista nos la dió la carta, tal como aparece en su web. La lista de platos sólo podía prometer experiencias interesantes. Y encima, una bodega impresionante, y premiada (cada vez más interesante!). Pedimos una de las habitaciones grandes de la última planta, y reservamos la cena, pues los controles de alcoholemia no permiten cenar con tranquilidad y coger el coche... El servicio, maravilloso desde el primer momento. Amable y familiar, sin intereferencias, pero eficaz. El restaurante, lo que prometía: impresionante. He comido en muchos de los mejores restaurantes de España, y La Grava no tiene nada que envidiarles. Por supuesto, cenamos también la noche siguiente. Muy recomendable es la bañera con hidromasaje en las habitaciones. Perfecta para completar el relax que buscábamos. El establecimiento lo lleva la familia propietaria, y eso se trasmite a los visitantes. Noemí, la directora, seguramente se asegurará que todo haya ido perfectamente. Su padre lleva la sala del restaurante, y sobre todo, hace de Sommelier y es el responsable de la bodega. Sigan sus consejos! Y su hermano es el chef. En definitiva, una experiencia extraordinaria.






(Estas ventajas están sujetas a la disponibilidad del hotel)
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