Jau 5 1300-314 Lisboa (Lisboa|Portugal)
Todo un palacio afrancesado, convertido en monumento nacional y lugar de descanso exclusivo en Alto de Santo Amaro. Fruto de la recuperación del antiguo Palácio Valle Flôr, la suntuosidad hace acto de presencia nada más enfilar el vestíbulo, tras haber atravesado los jardines, adornados por especies subtropicales, y admirado la vistosa fachada amarilla. Dos señoriales escaleras a ambos lados aprovechan la luz tamizada de las vidrieras para conducir la curiosidad hasta las alcobas. Las suites y las suites reales confirman los presagios: paredes blancas estilo imperio, clasicismo a discreción y cierto toque colonial. Candelabros y lámparas de dorados tentáculos evocan las opulentas penumbras de otros tiempos. La mañana recupera para los clientes la silueta majestuosa del Tajo. Su restaurante merece mención especial, la reconocida ya por diversos premios nacionales e internacionales.
dobles: 177, junior suites: 13, suites: 17;
todas con
calefacción, aire acondicionado, Tv color, monitor plano de TV LCD/Plasma, TV satelite, mesa de trabajo, caja fuerte, minibar de pago, habitaciones no fumadores, albornoz, secador de pelo
servicio 24 horas, garaje, jardín, piscina exterior, piscina climatizada, zona WIFI, salas de convenciones gimnasio, sauna, tiendas, salón de estar, business centre
bar cafetería, restaurante, restaurante al aire libre
Nunca.
António Casanova
Aparece encumbrado en una de las siete colinas de la capital portuguesa, donde la familia de los Valle-Flôr estableció a finales del siglo XIX su residencia particular, con vistas al mar de la Paja. Un palacio de estilo cour jardin con mansardas y voladizos de pizarra, abrazado por unos jardines chinescos que se extienden hacia el Tajo a través de las antiguas caballerizas, adquiridas recientemente por la cadena Pestana para ampliar las instalaciones de su hotel en nuevos salones de reuniones, un restaurante de culto y una terraza mirador sobre el pulmón fluvial de la ciudad.
Tras una ardua rehabilitación, los interiores del palacio destilan un refinamiento de otra época, apabullante en la exhibición de sus resucitados frescos, artesonados y lacas de Macao, esencial en la recreación de su pasado exotismo mobiliario, herencia del regusto colonial acaudalado por la antigua familia propietaria durante su aventura asiática. No hay que dejar de curiosear entre los lampadarios del salón de té chino o las labras del salón Renascença, cuyos perfiles de madera fueron importados de ultramar en la misma estructura de los barcos a fin de ahorrar peso en la travesía oceánica.
Imposible un preludio más apacible para una jornada de turismo que bien podría cerrarse con una cena entre las bóvedas del castillo de São Jorge, donde la misma cadena gestiona el restaurante Casa Leão, atalaya romántica y perfumada sobre la que el cineasta Alan Tanner bautizó como la ciudad blanca. Lisboa toda.
Un apéndice moderno con dos alas tipo cruasán flanquea el palacete. A su largo se suceden las habitaciones, muy amplias y bien insonorizadas, aunque el cuarto de baño desmerece por pequeño y algo escaso de cosméticos. Eso sí, con algunas exquisiteces aprendidas de la hotelería oriental: echan petálos de rosa en el WC. De preferir unas, las pares numeradas del 2010 al 2030 abren sus hermosas terrazas sobre el jardín. Reina el silencio con una opacidad insólita para tener la ciudad atragantada a sus pies.
Desde muy temprano, el desayuno sigue una liturgia rescatada milagrosamente del olvido. El servicio atiende una a una y con la mayor elegancia todas las mesas de la veranda, ungidas por la luz tibia de la mañana, frente a las estatuas que dan vida al jardín.
En Valle Flor, en el mismo hotel. En la ciudad, El Eleven, por moderno, o el Tavares (Rua da Misericordia), por clásico. Para catar el mejor bacalao, Pap'Açorda (Rua da Atalaia 57-59, Barrio Alto).
Para los amantes del buen café, miles de cafeterías y pastelerías. Los más nombrados, el café favorito de Pessoa, el Martinho de Arcada, en la Praça do Comercio, o el decano lisboeta, A Brasileira, en el Chiado. En este barrio literario, llamado así en honor al poeta Antonio Ribeiro y sus ebrios alborotos, paseos y más paseos, galerías de arte y firmas de diseñadores lusos como Fátima López, Ana Salazar, Antonio Tenente o Augustus. Y en la zona más cosmopolita, la Lisboa chic de la Expo y el Parque de las Naciones, un recorrido en teleférico por encima del moderno Centro Comercial Vasco de Gama.