Calle Carrer del Racó (Sa Riera) 2 17255 Begur /Girona (Cataluña|España)
Uno de los alojamientos más atractivos de la Costa Brava se alza cerca de la villa de Begur, en un paraje regado por riachuelos y manantiales naturales, y rodeado de bosques mediterráneos de encinas y pinos. El edificio, del siglo XVIII fue un día el convento de la Orden de los Padres Mínimos y aún conserva su estructura original y materiales autóctonos: fachada encalada, suelos de barro y muros que combinan la piedra con el revocado. Los interiores, serenos y luminosos, se ven enaltecidos por muebles coloniales y piezas orientales, cuadros vanguardistas, y tejidos naturales. Sus estancias convencen por la calidad de los materiales empleados en su decoración.
Dos de ellas destacan por sus vistas al bosque de encinas y pinos.
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individuales: 1, dobles: 8, dobles especiales: 13, junior suites: 2, suites: 1;
todas con
calefacción, aire acondicionado, acceso a internet, linea ADSL, TV interactiva, monitor plano de TV LCD/Plasma, TV satelite, mesa de trabajo, caja fuerte, minibar de pago, plancha, habitaciones no fumadores, secador de pelo, cosméticos para la mujer
servicio 24 horas, jardín, piscina exterior, zona WIFI, salas de convenciones con capacidad para 100personas , gimnasio, sauna, salón de estar, business centre, transporte al aeropuerto
bar cafetería, restaurante, restaurante al aire libre
Sólo se permite fumar en ciertas zonas.
+ hoteles para fumadores
24, 25 y 26 de diciembre. Del 2 de enero al 28 de febrero.
Guillermo Martínez Medina
Tarjetas de crédito: MC, V
IVA (7%) no incluido
El Convent de Begur ofrece un servicio de alquiler de bicicletas eléctricas con las que los huéspedes pueden desplazarse cómodamente hasta el centro de Begur, a un kilómetro del hotel.
Uno de los alojamientos más atractivos de la Costa Brava se alza cerca de la villa de Begur, en un paraje regado por riachuelos y manantiales naturales, y rodeado de bosques mediterráneos de encinas y pinos. El edificio, del siglo XVIII fue un día el convento de la Orden de los Padres Mínimos, pero sus orígenes se remontan al siglo XV, cuando los tripulantes de un barco italiano que fue arrastrado por una tormenta hasta la cala de Sa Riera construyeron en aquel lugar una capilla para conmemorar su llegada a tierra.
El edificio conserva su estructura original, con arcos, vanos, dovelas, alfarjes, celosías, cartelas y rosetones por doquier.
Los interiores, serenos y luminosos, se ven enaltecidos por muebles coloniales y piezas orientales, cuadros vanguardistas, y tejidos naturales.
Sus estancias convencen por la calidad de los materiales empleados en su decoración. En sus terrazos de barro, ventanucos con rejas y techos abovedados se pueden leer capítulos de la historia del convento. Merece la pena rascarse el bolsillo para alojarse en alguna de las dos suites -la del Torreón o la del jardín-, más espaciosas y con vistas al bosque.
La zona ajardinada, con tumbonas y mesas a la sombra de grandes sombrillas azul, propicias para admirar el paisaje, las calas en todas las gamas de azules, bordeadas de roca y pinos.
Huele a pino y a nísperos por todo el hotel. La tranquilidad, absoluta y reconfortante.
La suite de la Torre mira a los tejados del convento y al mar.
Al bosque y al mar en días despejados.
El Convent sólo ofrece desayunos, tipo bufé y de calidad.
El hotel dista un par de kilómetros del núcleo urbano de Begur que, a su vez, dista otros tantos kilómetros de las calas y playas más frecuentadas de este tramo de la Costa Brava.
Rutas a caballo, en bicicleta o 4x4 por los alrededores. Vuelo en globo o en ultraligero.
Ambiente de tranquilidad y serenidad, para olvidarse de las prisas y disfrutar del entorno. El pueblo queda un poquito lejos es verdad, pero a quien le guste pasear es ideal. Soy un buen caminante. Mi recomendación: levantarse tempranito, bajar a la Playa de Sa Riera y desde allí llegarse a la de Pals.
Para empezar, el personal es muy familiar y correcto. El hotel está cuidado hasta el último detalle. La situación me parece buena, cercana a la playa y al pueblo de Begur. La tranquilidad está asegurada. En el restaurante se come de maravilla, y el desayuno en la terraza..., una pasada. En pleno agosto y con el hotel al 100%, no me encontré con más de cuatro personas en una misma estancia. Estuve a punto de creer que el convento era para mi familia exclusivamente. Por los pasillos hay cuencos llenos de manzanas rojas, que te invitan a pecar a cada momento, toda una delicia.