Lugar Playa de L'Almadraba s/n 17480 Roses /Girona (Cataluña|España)
Veterano establecimiento levantado con la llegada de los primeros turistas que se dejaban caer por la Costa Brava, allá por los primeros años sesenta. Encaramado en un promontorio rocoso en el extremo sur de la playa de la Almadraba, otea el horizonte desde sus terrazas ajardinadas y desde la piscina, colgada sobre el acantilado. Bien conservado, aunque exento de detalles decorativos, el hotel tiene a su favor el servicio y las múltiples atenciones que dispensa la familia Subirós a sus huéspedes. Es uno de los establecimientos con mejor servicio de España.
Ya sabes. Si el ansia de saber te puede, lee la opinión de Fernando Gallardo.
individuales: 6, dobles: 18, dobles especiales: 28, junior suites: 2, suites: 6;
todas con
calefacción, aire acondicionado, Tv color, monitor plano de TV LCD/Plasma, TV satelite, TV Canal Plus, radio, caja fuerte, minibar de pago, secador de pelo
garaje, jardín, piscina exterior, tenis, squash, salas de convenciones con capacidad para 80personas , sauna, tiendas, salón de estar, business centre, piscina infantil
bar cafetería, restaurante
servicio de canguro
admitidas
Del 17 de octubre a Semana Santa.
Lidia Mercader Baret
Tarjetas de crédito: AE, DC, MC, V
Impuestos incluidos
Habría que remontarse a los tiempos del aquel visionario de la hostelería catalana, Josep Mercader, para comprender el quid de ese éxito prolongado en el tiempo que es Almadraba Park Hotel. Fundador del buque insignia de Figueras, el hotel-restaurante Empordá, Mercader logró transmitir parte de esa sapiencia a su yerno Jordi Subirós, al tiempo que éste hizo lo propio con sus hijos, Jordi y Albert, para mantener a este establecimiento familiar en lo más alto década tras década.
Y tan alto, encaramado en la cúspide de la última roca que vigila la playa de la Almadraba ya desde los albores de los sesenta, cuando la plaga turística comenzaba a intuirse en el horizonte. Magnífico, por cierto, en todo el esplendor de sus atardeceres.
El edificio que lo sustenta no ofrece ni en su armazón ni en sus interiores nada que no ofrezcan muchos, una sencillez y un minimalismo al uso muy agradable, sobrio en las instalaciones comunes, agradecido en las espaciosas y luminosas habitaciones.
Mucho más en las suites de la última planta, especialmente por su solárium desde donde poder avistar no ya la bahía de Roses, sino las islas Medas. Porque ese es el patrimonio del hotel, sus vistas y la disposición a ellas, sin atender demasiado al bloque de cuatro alturas que deja uno a su espalda.
Como el espectáculo desde la piscina, una película de agua salada sin apenas solución de continuidad con la caída del acantilado. Un espacio de lo más evocador, si se encuadra además la visión de unas sombrillas y tumbonas al estilo de la Costa Azul o la Riviera italiana.
El envoltorio lo completa un cuidado jardín de pinos y geranios, de escarpes y chumberas de donde surge el resto de instalaciones: sauna, pista de tenis, squash, bar y hasta un improvisado (bueno, no tanto) embarcadero privado. ¿Hablamos del patrimonio del hotel? No, mejor pensado el capital del Almadraba reside en la administración de estos servicios, en la atención minuciosa y cordial de sus buenos profesionales -70 empleados para 78 habitaciones- y en los desvelos constantes hacia sus huéspedes. Un hotel catalogado por la marca Relais du Silence.
Sin duda, el trato y la suma de detalles al huésped. Una conversación con el propietario, Jaume Subiròs. Los jardines que se descuelgan hacia el mar. El silencio. La tranquilidad. El olor de las flores. El olor de las olas. Y las gambas rojas de Roses en el desayuno.
La poca gracia que tiene el edificio, como aquellos que se contruyeron durante la década de los setenta.
Todas ofrecen las mismas condiciones de habitabilidad y el mismo confort. Pero las superiores deparan una panorámica más amplia del mar.
Al mar Mediterráneo.
El sendero que sigue la línea de la costa hasta Roses bien merece un paseo a pie, sobre todo al amanecer. Hacia el norte, una carretera local se dirige hacia el cabo de Creus, con baño de mar en Cadaqués y visita a la casa de Dalí en Port Lligat. Hacia el sur, el litoral se detiene en el parque natural dels Aiguamolls de l’Empordà. Figueras y el museo Dalí, claro está.
Situado al nordeste del golfo de Roses, con una excepcional vista panorámica. Paraje tranquilo. Acceso directo al mar. Cuidadas instalaciones, terrazas, jardines, y una piscina de agua de mar reflejan un encanto muy especial. Cocina de calida, basada en los productos del mar, fresca y sabrosa.