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La estadounidense Teresa Dorn y el madrileño Francisco Sánchez Rico atienden y dirigen personalmente el Milano Real, un hotelito con mucho encanto a los pies de la Sierra de Gredos. Desde hace años no hay momento en que dejen de sorprender a sus huéspedes con nuevas instalaciones, encendidos servicios y, sobre todo, imaginativos detalles.
Paco y Teresa abandonaron sus respectivos trabajos y su vida como altos ejecutivos de empresas multinacionales en Madrid para embarcarse en una profesión nueva que no conocían y a la que, en principio, se enfrentaban “desde la perspectiva del usuario, más que desde la del propietario”, según Teresa. “Decidimos montar el Milano Real para ganar en calidad de vida y escapar de la ciudad, pero también teníamos claro que este negocio tenía poco de bucólico, porque, como sucede con todos los negocios, un hotel es al final una cuenta de balance que tiene que salir positiva; si no, todo se va al carajo”, afirma Paco.
Cinco años de obras para levantar un chalet en una parcela a las afueras de Hoyos del Espino, en Ávila, precedieron a la inauguración del hotel en 1994. La pareja conserva un recuerdo grato de esos primeros años: “fueron muy buenos porque entramos en el momento adecuado, justo antes del boom del turismo rural en España. Por aquel entonces había pocos hoteles como el nuestro. En la sierra de Gredos, sólo estaban el Parador y otro hotel; ahora en la zona tenemos ocho hoteles, 45 casas rurales y siete restaurantes”, dice Teresa. Paco añade: “nos fue bien porque fuimos pioneros en la hotelería con encanto, pero también porque tuvimos suerte y por el apoyo que nos brindaron los medios de comunicación desde el principio”. De eso sabe mucho Teresa, periodista antes que hotelera, que explica cómo salieron adelante gracias a la mentalidad de empresa de servicios que ambos traían como bagaje profesional: “nuestra experiencia nos ayudó a manejar asuntos de empresa como los recursos humanos, la comunicación interna o la fidelización de los clientes. El resto lo aprendimos deprisa. Ninguno de los dos teníamos formación hotelera, pero sí una intuición sobre cómo tratar al cliente: tal y como nos gustaba que nos tratasen a nosotros en cualquier hotel o restaurante”.
La afición a la cocina de Paco les empujó a crear un hotel manejable con 14 habitaciones y un restaurante propio que ofreciese una gastronomía cuidada y de calidad. En palabras del propio Paco: “apostamos por un hotel no muy grande que pudiésemos llevar nosotros directamente, con un servicio y una cocina muy personal. Fuimos profesionalizándonos y pasamos de ser aficionados a ser profesionales, de ser ejecutivos que montan un hotel para salir de Madrid a montar un negocio profesional en el campo”.
Tanto es así que, cuatro años después de la inauguración, el hotel se les quedó pequeño y llegó el momento de ampliar el negocio con siete habitaciones más a modo de suites, muy amplias -entre 45 y 50 metros cuadrados- y todas distintas en su decoración temática. “Nadie sabía qué era una habitación tematizada cuando nosotros las montamos, pero la idea de poder dormir en un espacio como la suite árabe, bañarse junto a una típica celosía, con una selección de vídeos y libros monográficos a tu disposición, gustó mucho. Los propios clientes nos han ido dando ideas. Por ejemplo, una clienta de Tokio eligió los cuadros de la habitación japonesa…” cuenta Teresa.
Las suites se llenaron pronto y la pareja aprovechó el tirón para mejorar el servicio y posicionar su negocio en un sector donde no había competencia. “Lo duro empieza ahora. Es fácil comenzar. Lo difícil es mantenerte en la cresta de la ola. En la actualidad, el usuario de turismo rural es más exigente y la oferta es mayor. Quiere verte en Internet y conocer datos muy concretos como qué tipo de bañera tienes en los cuartos de baño”, reconoce ella. “Estamos en un momento clave y la situación obliga a seguir renovándose, a esforzarse porque todos los engranajes del negocio funcionen a la perfección”, prosigue Paco. En este sentido, lo próximo en el Milano Real será la apertura para principios de 2006 de un spa con circuito termal, piscina y tratamientos de belleza y masajes, y de una sala de reuniones para pequeños grupos de empresa, ambas instalaciones aún en periodo de construcción.
La pareja ve recompensado su esfuerzo cuando el cliente les da la enhorabuena al marcharse del hotel. “Es entonces cuando piensas: estoy acertado en lo que hago”, dice Paco refiriéndose a su clientela: “parejas entre 30 y 60 años, con un poder adquisitivo medio-alto o alto, amantes de la buena gastronomía y de la tranquilidad del campo”.
Pero la mayor satisfacción que les ha dado el hotel es haber podido contar con un equipo de profesionales que se identifique con su negocio: “tener una plantilla como la nuestra nos permite a Teresa y a mi disfrutar de los huéspedes, sentarnos con ellos a charlar frente a la chimenea…”
Ana Rízquez, 30/03/2005