Villa de Sallent (28/12/2015)

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Si existe un hombre hecho a sí mismo en la hostelería española, fiera del trabajo y el emprendimiento en la mejor expresión del sueño americano, éste es Fidel Tejero Sánchez. Cuando era sólo un chaval, emigró de su insignificante pueblecito natal en la provincia de Ávila en busca de mejor fortuna para él y su familia, aprendiendo el oficio de pinche en la cocina de aquellos hoteles y restaurantes que entonces despuntaban en el horizonte gastronómico de San Sebastián. A coces, como exige la vida a los humildes, se empapuzó de pilpiles y marmitakos hasta verse coronado por la toca de chef en su nueva aventura bracera: la estación de esquí de Formigal, en el Pirineo de Huesca.
 
Y si su nombre no resuena en el firmamento rutilante de los Arzak, Adriá o Berasategui es porque, después de los fogones, quiso medir su talento con la industria de la hospitalidad y el arte conceptual de recibir al viajero. Hizo probatura con un hotel de tres estrellas donde él ejercía de pinche, botones, telefonista y gerente, todo al mismo tiempo. Cultivó pronto una fiel clientela y, con los réditos del esfuerzo más una dosis biliosa de riesgo, se propuso una ampliación y mejora del alojamiento hasta convertirlo en el mejor hotel de los Pirineos que hoy todos proclamamos: el hotel Villa de Sallent
 
Llegó, pero no mandó parar. Fidel continúa estos días arremangado por si falla una bombilla, le ralentizan las obras de su piscina cubierta, con vistas a la montaña, o no le radia el suelo de los dormitorios suficiente calefacción. El edificio, extendido de 40 a 80 habitaciones de muy generoso tamaño, resume lo mejor de la tradición arquitectónica en el Alto Aragón: piedra, pizarra y madera. Ahora el vestíbulo es gozoso, un lugar donde estar, recibir o deambular. El restaurante, revestido de ladrillo visto importado de Bélgica, acoge grandes celebraciones sin estridencia ni publicidad indeseada. Al contrario, sus variados matices y delicadezas ornamentales crean el ambiente adecuado a la discreción y una buena digestión. No hay lujos que valgan, salvo la mano de Fidel en la cocina.
 
Si el cuerpo antiguo desmerece frente a las nuevas instalaciones, no es menos evidente que su precio, a la par que su simpleza, conviene mejor a las familias numerosas o a quienes utilizan el hotel sólo para dormir. El salón de estar, abigarrado de sofás, da cómodo acurruco para ver el partido de los sábados en televisión.
 
Las habitaciones del ala nueva, en especial las abuhardilladas del cuarto piso, introducen a través de sus amplios ventanales la grandeza de las cumbres pirenaicas en la retina del huésped. No les falta ni un detalle de buen agrado: mobiliario de calidad, iluminación indirecta, calidez ambiental y un aislamiento térmico y acústico inédito en la montaña peninsular. La doble puerta interior contribuye lo suyo a reforzar la sensación de intimidad. Sólo por asistir al nacimiento de la luz sobre las cresterías nevadas merece estar toda la noche despierto.
 
Desde muy temprano, la familia Tejero en pleno se deslegaña para presentar los buenos días a su ahora más nutrida clientela.  El desayuno puede mejorar, pero no el calor que infunde la chimenea en la hora del desperezo invernal, ni mucho menos la invitación a caminar en verano hacia los ibones de origen glaciar que proliferan en todo el Pirineo aragonés, tan lleno de vigor y altitudes olímpicas. 
 
Aparte de la estación de Formigal, el valle de Tena está jalonado por pueblecitos con sabor a tradición, como Biescas, Escarrilla, Tramacastilla, Panticosa, Lanuza y Sallent de Gállego, todos frente al álveo alegre del río Gállego.

    

La opinión de
Fernando Gallardo

Fundador de notodohoteles.com

Villa de Sallent

Villa de Sallent

Aparte de la estación de Formigal, el valle de Tena está jalonado por pueblecitos con sabor a tradición, como Biescas, Escarrilla, Tramacastilla, Panticosa, Lanuza y Sallent de Gállego. 

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