Spa Niwa (06/10/2015)

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¿Qué improperio habría soltado Camilo José Cela si este santuario del masaje oriental hubiese existido en la época en que escribió su Viaje a la Alcarria? Incluso en el remake que se regaló años después con un Rolls Royce y choferesa de librea... Porque el lugar se presta a ello y más, gracias a la agudeza sensorial de la briocense Ana Bedoya, que supo cultivar en el jardín terapéutico de Brihuega un espacio de aguas, hierba, arquitectura y colchones para recuperar el sentido extraviado en la camilla de masajes, donde dos filipinas instruyen a los huéspedes en el cuidado de la salud. Niwa, el hotel, spa, monacato zen, florilegio alcarreño o como se le quiera llamar, significa en japonés jardín. Explicado está.
 
Desde que uno asciende por la rampa de la entrada ya intuye lo que se va a encontrar. Lo primero, el saludo espontáneo y sincero de la propietaria, que acompañará con las maletas hasta el dormitorio reservado sin caer en la prosaica tramitación de los datos personales. La escalera al cielo no entiende de minucias. Seguimos. Lo segundo es el estado inmarcesible de la belleza. En las plantas y flores de interior, a través de los cristales, en el gluglú del agua presentido más allá de las vidrieras, en el sanctasantórum del spa.
 
Para qué entretenerse bajo las sábanas. Ni en ese desayuno matinal de bufé al uso, algo decepcionante, la verdad. Tampoco en los salones, luminosos de día, bien iluminados de noche, donde se invita a la lectura de espléndidos ejemplares consagrados al arte y la arquitectura. El cuerpo, sin redichos, pide esta vez una piscina bitérmica y los prometidos manoseos a la carta de las especialistas filipinas. Descontracturantes, sensitivos, linfáticos.
 
Reflexología podal, masajes a cuatro manos, combinado shiatsu sueco. Chocolaterapia, envolvimientos con algas, sales marinas exfoliantes... Toqueteos salutíferos en verdad, serios, rigurosos y vertebrales, que es lo anunciado en la prodigiosa web del hotel. Pizarra, orquídeas, hierba, porcelanato en los suelos. Ambiente cálido, repleto de detalles. Agua potable y zumos entre masaje y masaje. Y un jardín trasero minimalista para reposar la paliza de las facultativas.
 

Sin salir del spa, la oferta frutal del entretiempo no tiene siquiera parangón en los hoteles de lujo europeos: lichis, papayas, kiwis amarillos... Aunque la música ambiental requiere un nuevo tratamiento programático, para qué negarlo. A falta de otros sones, el cariño tónico de Bedoya y su equipo humano desborda la lógica hospitalaria de este tipo de instalaciones. Salvo un bocadillo improvisado, el hotel no asegura la cena. Qué importa, si la propietaria es capaz de acompañarnos hasta el restaurante Quiñonero, el mejor de la Alcarria, donde Abel y Amparo se afanan en cocinar unos huevos trufados (muy escasos y únicamente durante los meses de enero y febrero) que dejarán de nuestra estancia en Brihuega un recuerdo inolvidable

La opinión de
Fernando Gallardo

Fundador de notodohoteles.com

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