Posada Rincón de Alardos (08/12/2015)

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Cuesta una olimpiada llegar hasta este rincón de la sierra de Gredos que es la Posada Rincón de Alardos. Tal es lo bravo y recóndito del lugar en que se asienta esta posada de apenas cinco habitaciones, residuo de una antigua casa de labranza dedicada al secado de tabaco y pimientos. El camino hacia El Raso está poco señalizado y se requiere cierto conocimiento de la zona para tomar sus desvíos y salvar sus revueltas. Todo lo cual es garantía de un aislamiento idílico para quienes huyen del mundanal gentío y no necesitan en su fin de semana más que un butacón y un refresco para deleitarse con las vistas de la sierra. El hotelito aparece de repente ladera abajo entre robles, alisos, naranjos, olivos e higueras de cuello de dama, que luego se sirven en mesa a la hora de la cena.
 
Michael y Susan, el matrimonio Reed, son conscientes del lujo que hoy representa un enclave de tres hectáreas con arroyo propio y sin una sola construcción en el horizonte. Alrededor solo hay naturaleza y silencio redentor de los siete males urbanos. En el interior, muy british, se respira un ambiente informal y hogareño, casi de háztelo tú mismo. El salón de estar, caldeado con una estufa de leña y dos sofás para repanchingarse a gusto cuando afuera hace frío, enamora a los zahoríes de lo rústico. Irresistible la visión solariega de su empedrado, debajo de las alfombras. Arriba existe otro salón aún más campirano con la viguería de madera a la vista, decorada con tallas de garzas y otras aves acuáticas, unos anaqueles suspendidos bajo las cerchas, una mesa atiborrada de revistas de decoración y un televisor que (menos mal) permanece todo el día apagado.
 
Del mismo tenor se presentan los dormitorios, aderezados con flores silvestres, cabeceros señoriales y colchas estampadas, según mandan los cánones del estilismo campestre. Ninguno hurta la belleza serena de los montes circundantes ni el jardín florido que cincha los cuatro lados de la casa.
 
Un rito indispensable en este tipo de posadas es el desayuno, mimado por los Reed con elaboraciones artesanas a la inglesa, es decir, bizcochada, mermelada, tazón de cereales, fruta fresca, tostadas con aceite de casa y… té sin llegar al punto de ebullición. No menor es la importancia que Mike y Susan conceden a las cenas, basadas en productos de la huerta. Es un menú corto, no siempre a gusto de todos, pero elaborado con mucho cariño por los propietarios.
 

En invierno, la noche gélida de la sierra pide arrebujarse a hora temprana entre sábanas. En verano, la terraza exterior se llena de velas y ofrece un trago a los noctámbulos con música suave de fondo. 

La opinión de
Fernando Gallardo

Fundador de notodohoteles.com

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