Hudson, el hotel de Philippe Starck en Nueva York (04/03/2011)

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Artículo Hudson, el hotel de Philippe Starck en Nueva York

Tal indicio debería ser ya suficiente para descubrir al artista que ha organizado esta inusitada puesta en escena, donde unos hombres G impolutos y distinguidos atienden con las maletas a todo el que llega a bordo de una limusina y le acompañan, escalera mecánica arriba, por un zaguán minimalista y vegetal de eléctricas transparencias amarillas. Geométrica belleza, gélida pureza... Nuestro director de orquesta es, naturalmente, Philippe Starck, el alter ego del mentado empresario esteta. El loco de la colina con el que ha compartido sus mayores éxitos hosteleros y a quien debe su genuina filosofía del cheap chic, una especie de agua de mayo para los precios a tropecientos mil el metro cuadrado en Manhattan.

La transformación en espacio habitable de lo que hasta ese momento había sido un edificio impersonal de ladrillo visto en la calle 58 constituyó un acierto definitivo del diseñador francés. En su trabajo hotelero más maduro, Starck renunció tanto a los juegos de efectismo visual como a la experimentación sin escrúpulos con colores y formas arquitectónicas, reseñables en otras obras anteriores. Su estilo decorativo parece haberse vuelto aquí más elegante y sensual, más depurado en la creación de ambientes, sin someter a los huéspedes al dictado casi siempre incómodo de la moda ni a los tics mercadotécnicos de su reconocida extravagancia. Quizá porque por él sí van pasando -con genialidad- los años. 

El vestíbulo destila una insólita severidad benedictina: arcos románicos, paramentos de ladrillo oscuro y unas enormes cristaleras que miran al jardín. Desde ese altar clorofílico en pleno centro urbano, el gran Starck quiso echar fuera sus propios demonios invitando al público a pasear entre lechos atiborrados de cojines, arriates de invernadero y una gigantesca regadera capaz de desmotivar las reflexiones monacales de quien sea alguien en Nueva York (¿subirá hoy el Nasdaq?). 

Se diría que por primera vez en el imaginario del artista las habitaciones no reflejan, antes que cualquier otro criterio, su propio paraíso onírico. Antes al contrario. Salvo las lamparitas de noche, diseñadas con dos láminas iluminadas en blanco y en verde, todo fluye en su interior con insospechada seriedad, invitando al descanso personal antes que al regocijo de la vista -Central Park, las de los pisos superiores-. Todo huele a limpio y a madera fina. Los suelos, también de madera oscura, se abrigan en invierno con alfombras de tonos grises, ingrávidas y sutiles. Frente a las camas, bien aisladas de los ruidos de la calle, figuran el televisor -con facturación automática y demás servicios interactivos- y una cadena musical de alta fidelidad, incrustados en la pared. Colchas, cortinas y edredones destilan una impecable blancura, en sintonía con la extremada limpieza de la estancia. Igual que los cuartos de baño, completamente alicatados en blanco. Pequeños, aunque cibernéticos. Con un monitor de televisión junto al espejo de tocador. 

Pero lo verdaderamente ceremonioso del hotel se encuentra en la biblioteca. Un reducto señorial y silencioso presidido por una antigua mesa de billar con tapete fucsia, a pleno gusto de los fans de Philippe Starck, que son muchos y muy de posibles en todo el mundo. Capaces de pasarse las horas muertas leyendo a Tom Wolfe o descifrando el jeroglífico del mercado de derivados en Wall Street, ahí, repantingados en los sillones de este salón ostensiblemente british, ambientado con anaqueles de madera, una portentosa chimenea con morillos de forja y varios murales fotográficos firmados por Mondino. 

Lo que se puede ver fuera del hotel

A un regazo, Central Park es el pulmón de oxígeno que todo neoyorquino o turista de paso visita, al menos una vez en la vida, un domingo. Aquí se inauguró Strawberry Fields en homenaje a John Lennon, asesinado a la entrada del edificio Dakota, junto al parque. A la vuelta del hotel está la Sexta Avenida, que conduce enseguida a Broadway y las candilejas siempre encendidas de Times Square. Un poco más allá, en su paralela, se extiende la Quinta Avenida con sus tiendas de firma, el complejo Rockefeller y sus rascacielos inalcanzables hasta el Village.

La opinión de
Fernando Gallardo

Fundador de notodohoteles.com

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