Confidentes de medianoche (14/04/2016)

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Artículo Confidentes de medianoche

El día a día de un conserje pasa por recibir al huésped, asignarle una habitación, explicarle cómo llegar hasta ella, informarle del horario del desayuno, conseguirle entradas para un museo, recomendarle las visitas obligadas en la ciudad y alrededores, tramitarle la reserva de una mesa en un restaurante y, en general, todo tipo de acciones que tengan que ver con satisfacer necesidades y deseos del cliente, quien -por cierto- siempre tiene la razón.

Además de hacer de aladines sin lámpara, los conserjes se enfrentan a situaciones insólitas ante las que tienen que reaccionar con la mayor normalidad posible. Por muy estrafalario que sea el comportamiento de un huésped, un buen conserje es capaz de hacerle sentir que lo que hace entra dentro de los hábitos y costumbres del común de los mortales.

Siempre con la discreción por delante, cualquiera que haya trabajado en la conserjería o tras el mostrador de la recepción de un hotel, tiene mil historias que contar. Y si no, que se lo digan a Fernando Hualde, que lleva la friolera de 33 años trabajando en la recepción del Gran Hotel la Perla de Pamplona. Incluso antes de que La Perla fuera un cinco estrellas, el personal de servicio del hotel era conocido por los asiduos a los Sanfermines por su excelencia, amabilidad y hospitalidad.

El mismísimo Hemingway se alojó en los años 50 en la habitación 217, a la que no solía llegar por su propio pie por encontrarse ebrio. “El conserje de turno le subía a la habitación y le acostaba. Tenía encargado que a la mañana siguiente se le avisara para ver los toros, costase lo que costase despertarle...” cuenta Hualde. Ésta y otras anécdotas han sido reunidas y narradas por Fernando Hualde, que además de recepcionista es historiador, en un libro que está a punto de publicarse sobre la historia de este hotel de leyenda que, desde que abriera sus puertas en 1881, ha hospedado a más de 300 personajes ilustres de la realeza, el mundo de la política, las artes y el espectáculo.

No sabemos si el libro incluirá la última visita de Woody Allen al hotel. El director y guionista estadounidense suele viajar sin personal de seguridad y, ante la avalancha de fans que se reunieron en la entrada del hotel, los recepcionistas se vieron obligados a escoltarle cada vez que entraba o salía.

Chascarrillos aparte, Fernando Hualde nos contaba que todo el equipo humano del hotel ha entendido que no basta con la vocación profesional o la preparación, sino que es prioritario ofrecer ese trato individualizado que ya es el sello personal de la casa. Independientemente de que sea famoso o no, en las tardes de lluvia, el personal del hotel sale con un paraguas a recibir al cliente para que no se moje. Si un cliente frecuente manifiesta que le ha gustado mucho el albornoz de su habitación, no dudarán en encargar otro con sus iniciales bordadas para entregárselo a modo de sorpresa al finalizar la estancia. Lo mismo ocurre si se enteran que te gusta el chocolate o el pacharán... Ni siquiera se plantean si la cocina está abierta o cerrada si a alguno de sus huéspedes le apetece una sopa a medianoche.

Hstorias menos glamurosas son las que se viven de noche, en plena Gran Vía madrileña. Un ex recepcionista de un hotel de la zona nos cuenta que, en el turno nocturno, se reciben todo tipo de encargos. "No es raro que los grupos de agentes de viajes chinos que visitan la capital, bajen a recepción para preguntar la dirección de discotecas con chicas". Una práctica que es muy habitual en otros destinos en los que los hoteles incluso tienen un book de modelos que ofrecen sus amables servicios.

Desde otro hotel del centro de Madrid, Quique nos confirma esta clase de caprichos especiales. "Una vez, unos clientes israelíes me pidieron que llamara yo a unas chicas porque ellos solo hablaban inglés, pero tenían que cumplir unos requisitos especiales, entre otras cosas que fueran morenas. Tras dos horas buscando les dije que lo hicieran ellos pero la sorpresa fue que, una vez cerrado el trato, las chicas que trajeron eran rubias". Otra curiosidad menos subida de tono que también nos avanza Quique es la siguiente: "lo de los clientes judíos ortodoxos es otra historia. En los días en los que no pueden activar ningún aparato eléctrico -los días de descanso del Shabbat-, un botones tiene que ir delante de ellos abriéndoles las puertas, encendiendo las luces, activando el ascensor…”.

Otro devoto, en este caso de la fe católica, se alojó en El Convento de Santa María de Mave con la intención de pasar "unos días de meditación y tranquilidad". No debía tener muy claro que había reservado una habitación en un hotel y, tras pasar una noche allí, pidió en recepción que anulasen la reserva de los días siguientes argumentando que ese no era un convento serio, pues estaba lleno de "perversión y mujeres".

La opinión de
Fernando Gallardo

Fundador de notodohoteles.com

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